Hago lo que sea para parecer cool, sin serlo.

Serie palabrajes, paisajes de palabras. No son palabrejas.

 

Hablar, hablar, hablar, hablar, hablar y volver a hablar y hablar y hablar … Y decir apenas nada. Trampas de tiempo. Cero escucha.

Dime, ¿a que no conoces a nadie así, con diarrea narrativa?

 

Serie palabrajes, paisajes de palabras. No son palabrejas.

 

 

Dícese de todo aquello, -ya sean ideas, vivencias o personas- que te invita a exfluir, a drenar lo que ya no sirve para abrir espacio y tiempo a pensar con nuevas referencias.

 

Serie palabrajes, paisajes de palabras. No son palabrejas.

 

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“Dicen que en las casas, si se abandonan, aparecen los fantasmas. Que las sombras de los que fueron deambulan taciturnas buscando un consuelo en forma de palabra, de risa, de fuego en la chimenea, de cama tibia, de café al amanecer. Que solo la calidez de lo cotidiano es capaz de aliviar la melancolía, la nada física de la muerte, la gelidez del vacío, el adiós.

Dicen que los campos prenden en su desolación deshabitada, que sucumben a la dejadez y a la pena y que la memoria de quienes los hollaron no basta para alimentar su aliento; que las raíces se aferran desesperadas a las frentes inertes de cuyo sudor se nutrieron y con el que dieron fruto. Que las voces de otros días se convierten en murmullos que ululan al caer la noche, clamando a la luna; que los recuerdos se desdibujan hasta perecer convertidos en mentiras; que los nombres de los nuestros pasan a ser solo una herida abierta en la piedra.

Dicen, dicen… ¡Tantas cosas dicen que yo ya no sé si escribo o invento lo que dicen o alguien dirá de mí algún día que dije algo que valió la pena ser dicho!

Dicho todo lo que tenía que decir, abuela, quiero además decirte que nunca me gustaron los fantasmas, ni las historias tristes, ni los cuentos de terror. Que no entregaremos ni tu hogar ni tu tierra a una soledad plagada de espectros donde tú y los que te precedieron os condenéis a vagar en el olvido. Te lo prometo”.

Nadie supo jamás que la abuela fue envuelta por la tierra, a la que siempre perteneció, con ese papelito escrito escondido entre los pliegues de su ropa. Tampoco nadie supo jamás por qué al túmulo del bisabuelo nunca le faltaba un ramillete de espliego. Pero él sí supo para siempre que la noche que la abuela murió, al escribir estas palabras que nadie jamás llegaría a leer y que el suelo acogería a corazón abierto, convertía la huella en camino y le echaba un órdago al tiempo.

 

Diseño: Isabella de Cuppis

Textos: Susana Fuentes

Voz: Marta Garcia

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Apagó el móvil. Y con él, las preocupaciones y el ruido. El viaje en carretera le dibujó una sonrisa al recordar la pericia de su hermano pequeño la noche que “secuestró” a la abuela. ¡Menudo mosqueo se agarró su padre! ¡Su padre!… ¡Qué tipo!

“Mi padre pertenece a esa generación borrada de la historia. Los anteriores, los abuelos de la postguerra, los bisabuelos heroicos… todos habían tenido una especie de protagonismo anónimo. Pero, ¿y la generación de papá? Demasiado jóvenes para la transición y demasiado tardíos para narrar los años más difíciles con autoridad, solo parecían tener cierto criterio para hablar de la Movida, pero mi padre no se pasó los ochenta en Rockola, sino arrastrando la gabardina por las calles de una ciudad que, en aquellos años, tampoco le pertenecía”.

Releyó ese último párrafo. Le gustó la idea, pero no la forma. ¿Para qué seguir intentándolo? El poeta de la familia era su hermano, aunque no lo supiera todavía. Él solo se había propuesto escribir lo que se le pasaba por la cabeza y casi nada le cuadraba. Empezaba, escribía, releía, borraba. Recordaba, hilvanaba, tejía, recitaba y olvidaba. Surgía la chispa, la espoleaba, prendía y la apagaba.

Cerró el ordenador. “Ni una palabra más esta noche. Solo silencio”. Avivó las últimas brasas. Tras los cristales, el campo dormía tranquilo mecido por un viento frío. Las cosas de su abuela, intactas, le transmitían una paz callada, sosiego. Delicadeza. La alacena y sus puntillas, las tazas de filo dorado… Y las fotos: “esa huella imperturbable y lenguaraz del paso del tiempo…

Siempre me ha encantado esta… Camiseta de Naranjito, un vino en la mano y abrazado a su mejor amigo en la calle Alcalá. Dice que salían de ver la corrida del siglo… Solo tenía 18 años. Me lo ha contado mil veces, y cada vez de un modo distinto. Mi padre también se siente a veces una especie de poeta. Y de algún modo quizá lo sea por su amor a la vida, a la alegría y a la belleza. Y por su forma de compartirlo y contagiarlo. Aprender de ti siempre será mi mejor texto, aunque no escribiera jamás ni media palabra.

 

Diseño: Isabella de Cuppis

Textos: Susana Fuentes

Voz: Marta Garcia

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Le encantaba que su padre le contara una y otra vez la historia de cuando su tío cogió a su abuela en el coche y la llevó al pueblo de noche. Como ella aún era una niña, y apenas llevaba en la familia un par de años, su padre temía que no entendiese bien algunas palabras… Bueno, más que algunas palabras, algunos conceptos, o que estos pudieran marcarla de algún modo, generarle recuerdos negativos, miedos. Por eso, evitaba la parte de la historia en la que la abuela moría en el pueblo, en su cama, y cada vez adornaba más y mejor la hazaña de su hermano pequeño. De tal forma, que la niña empezó a mirar a su tío como una especie de héroe.

El día de su segundo cumpleaños, porque ella tenía dos cumpleaños, uno, el del día que nació; otro, el del día que llegó a la familia, su tío, otra vez, no fue puntual. Lejos de enfadarse, a ella le pareció que por la puerta entraba un jinete de verde luna, uno de esos que dibujaba en el cuaderno después de que él le leyera esas cosas tan bonitas que llenaban de figuras sus sueños. Porque ella había dibujado ya jinetes morenos, caballos grandes y una luna verde. Y había soñado con todos ellos. Y sabía que lo que le pasó a la abuela en el pueblo aquella noche era un otoño que venía con caracolas, uva de niebla y montes agrupados, porque así lo recitaba su tío.

-Tío, ¿cuándo vas a darme mi regalo de cumpleaños?

-El día en el que haga algo que dure siempre y pueda ponerle tu nombre.

Ella sonrió con esa dulzura fresca que solo tienen los pétalos cuando el rocío los despereza, y él supo que daría su vida por cuidarla. Y que en ese incesante devenir de los días, en ese cambio permanente, hay algo que permanece pero nunca se repite: la aurora que sepulta la noche, la desesperanza, toda tristeza. Así era su sobrina.

 

Diseño: Isabella de Cuppis

Textos: Susana Fuentes

Voz: Marta Garcia

 

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“Érase una vez la herida, érase una vez”… Desde niño quiso aprender a escribir. A contar. A poner palabras a lo que vivía, a lo que veía, a lo que sentía.

“Mi mamá me mima”. Cuando leyó esa frase en la cartilla supo que quería ser escritor. O eso suponía ahora, con la memoria esculpida según su criterio y conveniencia. Aunque, lo cierto es que, para él, esa frase fue toda una revelación: era la primera vez que leía escrito lo que él sentía. “Y de eso trata la poesía, ¿no? De leer escrito lo que uno siente”, se decía. Aunque él, más que poesía, siempre soñó escribir un cuento que tuviera ese principio: érase una vez. Del final, ya hablaremos más tarde.

“Érase una vez la herida, érase una vez la calma”… La vibración del móvil volvió a quebrar su momento: “Que el niño no aparece. Y tu madre tampoco”. “Pero… ¿cómo que el niño no da señales de vida y que mi madre ha desaparecido de la residencia?”.

“Érase una vez la herida, érase una vez la calma. Y el olvido”… Sus pensamientos y abstracciones lo ayudaban a concentrarse al volante: si el niño no cogía el teléfono y su madre no estaba en el asilo, antes de posicionarse en una situación dramática, prefirió entregarse a la poesía e imaginar una escena que se diluyera entre lo romántico y lo épico, la nostalgia y el futuro. Y acertó.

“Mi mamá me mima… y mi hijo mima a mi mamá”. Y en ese cuadro desnudo y hermoso, con su fruto acompañando a sus raíces en el último instante, entendió que se recogía toda la hermosura de la vida. Toda la poesía. “Hijo, has secuestrado a la abuela. Y lo sabes”. “No, papá, la he traído a morir a casa”.

Y entonces supo que había hecho falta el atrevimiento de su hijo para montar el relato más hermoso de su vida: el que le contó su padre, al que tanto recordaba; el que vivió su abuelo, muerto en un camino; el que acababan de enseñarle su madre y su hijo. Y que ahora había llegado el momento de empezar a narrarlo él: “Érase una vez la herida, érase una vez la calma. Y el olvido, que no existe, cuando”…

 

Continuará…

 

Diseño: Isabella de Cuppis

Textos: Susana Fuentes

Voz: Marta Garcia

 

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La luz tranquila del horizonte se elevaba como una esperanza que parecía indicarle que todo iba a salir bien. O eso quería creer él. Porque las insistentes llamadas que saltaban en la pantalla del salpicadero indicaban lo contrario: mamá, papá, Mónica… Entendía la preocupación, pero no iba a contestar a nada ni a nadie. No de momento.

A sus 21 años tenía: unos padres preocupados por su futuro, una novia magnífica, la certeza absoluta de estar haciendo algo importante por primera vez en su vida, muy poca experiencia al volante y la duda de si estaría cometiendo algún delito.

El camino de asfalto quebraba los montes dibujando en su mente la geografía de los veranos de su infancia, un trazado confuso en el que confluían heridas de bicicleta, el fresco de las noches, el peinado de su abuela.

Su abuela le contaba cosas que a él lo dejaban sin palabras (literal) pero que lo llenaban de emociones, de imágenes. Tanto, que aquel día en la residencia de ancianos, en su relato desnudo, él entendió que su cansado cuerpo le estaba pidiendo tierra. Su voz, fuerte y profunda, se dibujaba en su cabeza como raíces que se agarran con rabia; pero, a la vez, era ágil y fresca, como el caudal que fluye alegre en el deshielo. Necesaria e inolvidable, como un sorbo de vino, de esos que palpitan en el mapa de la piel que se estremece, de la delicadeza de la yema de los dedos cuando acarician al ser amado.

Adoraba a su abuela. Y al verla tan desvalida y pálida, apenas sujeta por el cinturón de seguridad y el último aliento, lloró como el niño que entonces estaba empezando a dejar de ser.

Amanecía cuando los encontraron. Él, junto a la cama de ella, la boca inundada de pena y sal. Ella, blanca y fría, de cera y nieve, con sus dedos rígidos envueltos en la calidez de las manos de su nieto, que habían puesto en las suyas, antes del definitivo adiós, una piedrecita de aquellas del camino, de las que sujetan la rama y la flor, de las que levantan los monumentos de los campesinos.

 

Diseño: Isabella de Cuppis

Textos: Susana Fuentes

Voz: Marta Garcia

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“Buscaba el atardecer y el atardecer no era”. Le encantaba cambiar esa palabra. De sobra sabía que en los versos de Lorca lo que se buscaba era el amanecer, pero él, en su particular y personalísimo llanto, los adaptaba para sí en una especie de queja no se sabe bien contra qué ni contra quién que lo encerraba en una puesta de sol emocional en la que, por qué no, le gustaba, en cierta manera, recrearse.

Que si su abuelo tal, que si su bisabuelo cual. Que si su padre escribía “cosas hermosas” (según su madre, claro, porque, para él, cosas hermosas las escribía Lorca y las decía su abuela), que si Mónica sacaba mejores notas, que si su hermano ya tenía una hija preciosa “venida de Oriente, como los Reyes Magos, hijo” -le decían-, que si conducía no muy allá…

A ojos de los demás era niño para unas cosas y adulto para otras… ¿Qué era eso de los Reyes Magos a estas alturas de la vida para hablar de su sobrina? ¿Qué significaban aquellas parrafadas en todas las comidas familiares, medio en broma, medio en serio, en las que su padre le decía que tenía que encontrar su camino?

“¡Camino, camino!… Siempre la misma monserga”, pensó mientras se ponía la chupa de cuero y cogía las llaves del coche.

Y buscando aquel atardecer, su palpitante mente y su decidido y arrogante cuerpo fueron a reunirse con la que era la única voz, además de la de su amado Lorca, con la que hallaba una paz en la que guarecerse, un espacio en el que, simplemente, estar y encontrarse: su abuela.

Su rostro de sábana blanca lo inundó de una realidad hasta ahora desconocida: su abuela ya quería dormir sin fin. “Yo te llevaré al rocío, a los musgos y a la hierba”.

Esperó impaciente a que ella arreglase su pelo y cogiera cuatro cosas, acariciando con sus dedos ágiles la llave del coche en el bolsillo de su cazadora. La vio acercarse a él, su cuerpo débil de cristal de plata, y una sonrisa nerviosa que dibujaba en su boca un pétalo de esperanza y alegría. “¿Te sabes el camino, hijo?”. “Sí, abuela, claro que lo sé”.

 

Diseño: Isabella de Cuppis

Textos: Susana Fuentes

Voz: Marta Garcia

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Su abuela tenía las risas contadas, el pelo blanco y la ropa oscura. Cuando él solo era un niño, le contó que vestía de luto desde los 26, desde la repentina y temprana muerte de su padre. De su bisabuelo él no sabía apenas nada, ni ahora ni entonces, solo que su corazón dejó de latir en el camino de vuelta a casa, y que su abuela no necesitó que nadie le diera la mala noticia; la supo cuando vio llegar la yegua sola; las alforjas cargadas de uvas y espliego. Y lo supo con ese conocimiento que él solo había observado en su abuela: esa verdad que no se construye ni se forma, sino que nace y permanece en el latido y las entrañas de los que saben de la vida.

Su abuela olía como huele la tierra en una mañana de lluvia. Y también a ropa limpia. Y a vino y a flores y a pan recién cocido, sabores que adivinaba en cada uno de los besos que, cada noche de cada verano de su infancia, le regaló a su frente.

Su abuela, una tarde, mientras daba un paseo cogida de su brazo en el jardín de la residencia donde sus hijos decidieron que estaría mejor que en el pueblo, le contó que los que recogieron el cadáver de su padre dejaron en el lugar que había ocupado su cuerpo un montoncito de piedras coronado por un manojo de ramas y flores. Desde entonces, los caminantes que pasan por allí, que cada vez son menos, ponen sobre el túmulo otra piedra. “Así que tu bisabuelo tiene un monumento. ¿Cuántos campesinos conoces tú que tengan un monumento?”.

Su abuela lo miró. Y vio en él la ternura de la juventud, la bondad con la que amanece el nuevo día. Y sintió en esa mirada, por última vez, el asombro de la vida: “Abuela, voy a llevarte. Ponte guapa, que nos vamos”.