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Le encantaba que su padre le contara una y otra vez la historia de cuando su tío cogió a su abuela en el coche y la llevó al pueblo de noche. Como ella aún era una niña, y apenas llevaba en la familia un par de años, su padre temía que no entendiese bien algunas palabras… Bueno, más que algunas palabras, algunos conceptos, o que estos pudieran marcarla de algún modo, generarle recuerdos negativos, miedos. Por eso, evitaba la parte de la historia en la que la abuela moría en el pueblo, en su cama, y cada vez adornaba más y mejor la hazaña de su hermano pequeño. De tal forma, que la niña empezó a mirar a su tío como una especie de héroe.

El día de su segundo cumpleaños, porque ella tenía dos cumpleaños, uno, el del día que nació; otro, el del día que llegó a la familia, su tío, otra vez, no fue puntual. Lejos de enfadarse, a ella le pareció que por la puerta entraba un jinete de verde luna, uno de esos que dibujaba en el cuaderno después de que él le leyera esas cosas tan bonitas que llenaban de figuras sus sueños. Porque ella había dibujado ya jinetes morenos, caballos grandes y una luna verde. Y había soñado con todos ellos. Y sabía que lo que le pasó a la abuela en el pueblo aquella noche era un otoño que venía con caracolas, uva de niebla y montes agrupados, porque así lo recitaba su tío.

-Tío, ¿cuándo vas a darme mi regalo de cumpleaños?

-El día en el que haga algo que dure siempre y pueda ponerle tu nombre.

Ella sonrió con esa dulzura fresca que solo tienen los pétalos cuando el rocío los despereza, y él supo que daría su vida por cuidarla. Y que en ese incesante devenir de los días, en ese cambio permanente, hay algo que permanece pero nunca se repite: la aurora que sepulta la noche, la desesperanza, toda tristeza. Así era su sobrina.

 

Diseño: Isabella de Cuppis

Textos: Susana Fuentes

Voz: Marta Garcia

 

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“Érase una vez la herida, érase una vez”… Desde niño quiso aprender a escribir. A contar. A poner palabras a lo que vivía, a lo que veía, a lo que sentía.

“Mi mamá me mima”. Cuando leyó esa frase en la cartilla supo que quería ser escritor. O eso suponía ahora, con la memoria esculpida según su criterio y conveniencia. Aunque, lo cierto es que, para él, esa frase fue toda una revelación: era la primera vez que leía escrito lo que él sentía. “Y de eso trata la poesía, ¿no? De leer escrito lo que uno siente”, se decía. Aunque él, más que poesía, siempre soñó escribir un cuento que tuviera ese principio: érase una vez. Del final, ya hablaremos más tarde.

“Érase una vez la herida, érase una vez la calma”… La vibración del móvil volvió a quebrar su momento: “Que el niño no aparece. Y tu madre tampoco”. “Pero… ¿cómo que el niño no da señales de vida y que mi madre ha desaparecido de la residencia?”.

“Érase una vez la herida, érase una vez la calma. Y el olvido”… Sus pensamientos y abstracciones lo ayudaban a concentrarse al volante: si el niño no cogía el teléfono y su madre no estaba en el asilo, antes de posicionarse en una situación dramática, prefirió entregarse a la poesía e imaginar una escena que se diluyera entre lo romántico y lo épico, la nostalgia y el futuro. Y acertó.

“Mi mamá me mima… y mi hijo mima a mi mamá”. Y en ese cuadro desnudo y hermoso, con su fruto acompañando a sus raíces en el último instante, entendió que se recogía toda la hermosura de la vida. Toda la poesía. “Hijo, has secuestrado a la abuela. Y lo sabes”. “No, papá, la he traído a morir a casa”.

Y entonces supo que había hecho falta el atrevimiento de su hijo para montar el relato más hermoso de su vida: el que le contó su padre, al que tanto recordaba; el que vivió su abuelo, muerto en un camino; el que acababan de enseñarle su madre y su hijo. Y que ahora había llegado el momento de empezar a narrarlo él: “Érase una vez la herida, érase una vez la calma. Y el olvido, que no existe, cuando”…

 

Continuará…

 

Diseño: Isabella de Cuppis

Textos: Susana Fuentes

Voz: Marta Garcia

 

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La luz tranquila del horizonte se elevaba como una esperanza que parecía indicarle que todo iba a salir bien. O eso quería creer él. Porque las insistentes llamadas que saltaban en la pantalla del salpicadero indicaban lo contrario: mamá, papá, Mónica… Entendía la preocupación, pero no iba a contestar a nada ni a nadie. No de momento.

A sus 21 años tenía: unos padres preocupados por su futuro, una novia magnífica, la certeza absoluta de estar haciendo algo importante por primera vez en su vida, muy poca experiencia al volante y la duda de si estaría cometiendo algún delito.

El camino de asfalto quebraba los montes dibujando en su mente la geografía de los veranos de su infancia, un trazado confuso en el que confluían heridas de bicicleta, el fresco de las noches, el peinado de su abuela.

Su abuela le contaba cosas que a él lo dejaban sin palabras (literal) pero que lo llenaban de emociones, de imágenes. Tanto, que aquel día en la residencia de ancianos, en su relato desnudo, él entendió que su cansado cuerpo le estaba pidiendo tierra. Su voz, fuerte y profunda, se dibujaba en su cabeza como raíces que se agarran con rabia; pero, a la vez, era ágil y fresca, como el caudal que fluye alegre en el deshielo. Necesaria e inolvidable, como un sorbo de vino, de esos que palpitan en el mapa de la piel que se estremece, de la delicadeza de la yema de los dedos cuando acarician al ser amado.

Adoraba a su abuela. Y al verla tan desvalida y pálida, apenas sujeta por el cinturón de seguridad y el último aliento, lloró como el niño que entonces estaba empezando a dejar de ser.

Amanecía cuando los encontraron. Él, junto a la cama de ella, la boca inundada de pena y sal. Ella, blanca y fría, de cera y nieve, con sus dedos rígidos envueltos en la calidez de las manos de su nieto, que habían puesto en las suyas, antes del definitivo adiós, una piedrecita de aquellas del camino, de las que sujetan la rama y la flor, de las que levantan los monumentos de los campesinos.

 

Diseño: Isabella de Cuppis

Textos: Susana Fuentes

Voz: Marta Garcia

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“Buscaba el atardecer y el atardecer no era”. Le encantaba cambiar esa palabra. De sobra sabía que en los versos de Lorca lo que se buscaba era el amanecer, pero él, en su particular y personalísimo llanto, los adaptaba para sí en una especie de queja no se sabe bien contra qué ni contra quién que lo encerraba en una puesta de sol emocional en la que, por qué no, le gustaba, en cierta manera, recrearse.

Que si su abuelo tal, que si su bisabuelo cual. Que si su padre escribía “cosas hermosas” (según su madre, claro, porque, para él, cosas hermosas las escribía Lorca y las decía su abuela), que si Mónica sacaba mejores notas, que si su hermano ya tenía una hija preciosa “venida de Oriente, como los Reyes Magos, hijo” -le decían-, que si conducía no muy allá…

A ojos de los demás era niño para unas cosas y adulto para otras… ¿Qué era eso de los Reyes Magos a estas alturas de la vida para hablar de su sobrina? ¿Qué significaban aquellas parrafadas en todas las comidas familiares, medio en broma, medio en serio, en las que su padre le decía que tenía que encontrar su camino?

“¡Camino, camino!… Siempre la misma monserga”, pensó mientras se ponía la chupa de cuero y cogía las llaves del coche.

Y buscando aquel atardecer, su palpitante mente y su decidido y arrogante cuerpo fueron a reunirse con la que era la única voz, además de la de su amado Lorca, con la que hallaba una paz en la que guarecerse, un espacio en el que, simplemente, estar y encontrarse: su abuela.

Su rostro de sábana blanca lo inundó de una realidad hasta ahora desconocida: su abuela ya quería dormir sin fin. “Yo te llevaré al rocío, a los musgos y a la hierba”.

Esperó impaciente a que ella arreglase su pelo y cogiera cuatro cosas, acariciando con sus dedos ágiles la llave del coche en el bolsillo de su cazadora. La vio acercarse a él, su cuerpo débil de cristal de plata, y una sonrisa nerviosa que dibujaba en su boca un pétalo de esperanza y alegría. “¿Te sabes el camino, hijo?”. “Sí, abuela, claro que lo sé”.

 

Diseño: Isabella de Cuppis

Textos: Susana Fuentes

Voz: Marta Garcia

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Su abuela tenía las risas contadas, el pelo blanco y la ropa oscura. Cuando él solo era un niño, le contó que vestía de luto desde los 26, desde la repentina y temprana muerte de su padre. De su bisabuelo él no sabía apenas nada, ni ahora ni entonces, solo que su corazón dejó de latir en el camino de vuelta a casa, y que su abuela no necesitó que nadie le diera la mala noticia; la supo cuando vio llegar la yegua sola; las alforjas cargadas de uvas y espliego. Y lo supo con ese conocimiento que él solo había observado en su abuela: esa verdad que no se construye ni se forma, sino que nace y permanece en el latido y las entrañas de los que saben de la vida.

Su abuela olía como huele la tierra en una mañana de lluvia. Y también a ropa limpia. Y a vino y a flores y a pan recién cocido, sabores que adivinaba en cada uno de los besos que, cada noche de cada verano de su infancia, le regaló a su frente.

Su abuela, una tarde, mientras daba un paseo cogida de su brazo en el jardín de la residencia donde sus hijos decidieron que estaría mejor que en el pueblo, le contó que los que recogieron el cadáver de su padre dejaron en el lugar que había ocupado su cuerpo un montoncito de piedras coronado por un manojo de ramas y flores. Desde entonces, los caminantes que pasan por allí, que cada vez son menos, ponen sobre el túmulo otra piedra. “Así que tu bisabuelo tiene un monumento. ¿Cuántos campesinos conoces tú que tengan un monumento?”.

Su abuela lo miró. Y vio en él la ternura de la juventud, la bondad con la que amanece el nuevo día. Y sintió en esa mirada, por última vez, el asombro de la vida: “Abuela, voy a llevarte. Ponte guapa, que nos vamos”.

 

 

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Cuando le preguntaban, él decía que esas cepas llevaban allí toda la vida. “¿Y qué sé yo lo que es toda la vida?… Pues desde siempre”. “Desde siempre es mucho tiempo”, le soltó un buen día el que ya era su yerno. Y él no supo qué contestar.

“Desde siempre es desde siempre -pensaba mientras comprobaba la madurez de las uvas-. Mi padre me las dejó a mí, y yo se las dejaré a mi hija. Y ella a mis nietos. Y mis nietos a mis biznietos. Y así. Y qué sé yo qué es “desde siempre” ni “para siempre”. La vida es lo que es… ¡Éstas ya están a punto! Hay que ir pensando en la vendimia… Pero éstas me las llevo ya. Las echo en las alforjas y a casa, con el espliego. ¡Mira que a mi hija le gusta el espliego para meterlo entre la ropa limpia y que dé olor! ¡Claro, así da gusto vestirse uno! ¡Pero qué hermosura de racimos! Quiera Dios que no haya un granizo y nos desgracie esta cosecha, que está el tiempo loco”…

“Desde siempre es mucho tiempo”. La frase de su yerno le palpitaba en la cabeza como tiemblan, sonoras, las campanas cuando preludian ese relámpago negro que atraviesa el alma, esa llamada que repite incesante que tierra somos, a la tierra volveremos.  “¿Pero qué sabrá nadie lo que es siempre?… Arre, bonita, arre, que anochece y no llegamos a la cena, que parece que no quieras volver a la casa… ¡Qué manía con ponerle nombre a todo! Siempre es siempre: cada noche, cada amanecer, cada vendimia, cada trago de vino, cada paseo en el campo, el olor a espliego en los baúles. Eso es siempre. Por eso estas cepas llevan aquí siempre. Y ahora, en cuanto llegue a casa, se lo voy a contar a mi yerno tal cual lo pienso ahora, porque ahora también siempre”.

Nunca llegó. Su hija supo que el trabajo y la alegría de su padre estarían -ya en alma, en espíritu, en recuerdo- para siempre junto a ella cuando vio a la yegua llegar sola a la casa; el paso cadencioso, las alforjas cargadas. Y pidió a Dios por primera y única vez: “Que esta tierra me acoja cuando mi cuerpo y mi memoria empiecen a desdibujar su nombre, su fuerza, su sonrisa”. Para siempre.

 

 

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La mañana caía perezosa sobre la casa. El sol se sacudía de la noche calentando tibio las copas de los árboles, los tejados. La primavera apenas asomaba y el suelo peleaba contra las horas para arrancarse el invierno. La casa se regocijaba en un vacío al que parecía querer entregarse, a una soledad a la que era más fácil sucumbir que vencer, al frío de las sábanas deshabitadas, al olor hueco y sordo de la nada, a la quietud incómoda y tristona de los lugares donde solo moran los recuerdos que amenazan con deslizarse hacia el olvido.

La cocina dormía. En la ventana enrejada, un gato se dejaba acariciar por una luminosa tibieza mientras lamía sus patas. Era 19 de marzo y, por esas fechas, el sol empezaba a abrirse paso: de la ventana a la mesa, y de la mesa a la alacena, donde los retratos de otros días parecían despertarse de un gélido letargo y se ofrecían mimosos al arrullo de ese hilo de luz poblado de millones de diminutas moléculas de polvo.

El bisabuelo: blanco y negro sobre sepia. Un traje alquilado para la ocasión. La mano apoyada en un sofá barroco, ficticio, de estudio de fotografía. Y esa dignidad de los hombres buenos. Los ojos entregados a un horizonte que solo alcanza la tierra y que desemboca en el cielo donde descansan los nombres y las huellas de quienes lo dieron todo. Lo hicieron todo.

La abuela y el abuelo. Su boda. ¡Qué pronto murió su esposo y qué temprano su padre! Cuánta pena arrastró. Cuánto trabajo ofreció. Cuánto calor desprendió. ¡Cuántas veces llenó de alimento, de olor y ternura estas paredes abandonadas!

El padre. Los amigos. Los años ochenta. La rebeldía. Una foto de colores desdibujados, de contornos difusos. De alegría que se escapa. De realidad que amenaza. Después, su boda. Su cara de hipoteca. Traje gris marengo sobre encajes merengues de mangas globo.

Los dos niños en el patio. El mayor, abrazado a un balón. El pequeño, abrazado a su hermano. Se están mirando. La boca mellada del pequeño regala una sonrisa traviesa. Al fondo, la abuela, ajena a la foto, como si no fuera con ella. La mano en la frente, espantando el sol de los ojos.

Pasado ese instante, las fotos vuelven al silencio de las sombras y el sol sigue su trayectoria hacia la esquina donde holgazanea la chimenea, la banca de madera y su colcha de ganchillos y colores… pero no hoy, porque la luz lo ha invadido todo. La herrumbre de la puerta ha quebrado el sosiego fantasmal de las casas cerradas y la claridad ha poblado el suelo rojizo, las paredes desconchadas. El gato ha huido. Y los gritos de la niña corriendo hacia la alacena han arrojado de golpe el silencio.

“¡Abuelo, abuelo! ¿Es aquí donde tengo que poner mi foto? Mira, ¿te gusta aquí? ¡Contigo! Abuelo, ¡vaya camiseta llevas en esa foto! ¿Qué es esa naranja con ojos? ¡Papá! ¿Has visto ese gato? Le voy a decir al tío que si vamos a buscarlo. Ahora que los abuelos van a vivir aquí y nosotros vamos a venir todos los fines de semana, no puedes decirme que no puedo tener un gato porque en un piso se aburre”.

(…)

“Por nuestro vino. Por el que vamos a hacer. Y por vosotros. Chinchín y gracias”. El cristal resonó alegre sobre la mesa. El fuego calentaba los pies y los corazones y enrojecía las caras. Junto a la chimenea, en la banca de la abuela, la niña dormía abrazada a un cuento. El gato, a sus pies, se entregaba a un sueño apacible, cálido. Y en la quietud de las fotos de la alacena se alojaron móviles, las llaves del coche, las bolsas del súper, una muñeca despeinada. El ruido, el quehacer. El espíritu del vino, la vida.

 

Diseño: Isabella de Cuppis

Textos: Susana Fuentes

Voz: Marta Garcia

 

«Tempus Sacrum es un relato de raíces campesinas que miran al futuro con esperanza. Nueve cuentos donde la literatura y el espíritu del vino se dan la mano en una danza poética. Como lo hacen el trabajo y la alegría; el riesgo y sus frutos; el cielo y la tierra.

Es una historia de gentes que se admiran, que se quieren, que se cuidan. Abuelas, bisnietas, padres e hijos honran lo que les vincula. Unos abriendo paso, otros reconociendo de dónde vienen. Es un viaje por el tiempo, nuestro mensaje en la botella»

Luis Saavedra y Sergio Saavedra, fundadores.

 

Tempus Sacrum es un proyecto elaborado con los hermanos Saavedra, donde he tenido la fortuna de reunir a cinco profesionales que se presionan hasta dónde brota lo excelente. Gracias Isabella de Cuppis, Susana Fuentes, Marta Garcia, Andrea Batitucci y Mónica Meika.

En los próximos días de este verano iré publicando estas nueve delicias.

Voz que significa lo contrario de lo que parece a simple vista. Esa doble ele es el sueño húmedo de quienes nos quieren rebaño: recogiditos, previsibles, obedientes … allmas cautivas y felices.

Todas a una.

 

Serie palabrajes, paisajes de palabras. No son palabrejas.

 

El problema de fondo, el estructural, es que el poder recaiga en personas que no son capaces de estar a la altura de la responsabilidad que conlleva. Personas que se embelesan con los cantos de sirena del ME, olvidando las asperezas del WE, las únicas capaces de dejar huella en el olvido.

El profesor Dans escribe hoy sobre ello en su blog cuando publica «De como las plataformas terminan siendo una basura ...» para referirse a empresas que nacen con un propósito noble que les permite reciprocar valor con la sociedad, crecer gracias a ello, y terminar olvidándolo embriagadas por el perfume tóxico del ME sin WE. La lista es larga, Google, Facebook, Amazon, Yahoo, Uber, Twitter, Tik Tok …

El problema de estas compañías no es el capitalismo. El problema es que quien las lidera no se ata al mástil de su propósito, cual Ulises.

 

Artista Prerrafaelita on Twitter: "Al partir de la isla de Circe, esta le avisa del peligro de las sirenas: al oír su canto, los hombres pierden la cabeza. Odiseo, aconsejado por Circe,