«Existen relaciones en las que no se busca ningún resultado, que se entablan voluntariamente y se disfrutan por lo que son y no por lo que proporcionan. Es el caso de la amistad. El vínculo surge aquí de una relación de familiaridad y subsiste en un mutuo compartir las personalidades. Ir cambiando de carnicero hasta dar con el que venda la carne que más gusta, educar a nuestro agente hasta que haga lo que se le pide, es una conducta no inapropiada para este tipo de relación; pero descartar amigos porque no se comportan como esperamos que lo hagan o rehusan ser educados en nuestros requisitos, es propio de quien no ha comprendido en absoluto el carácter de la amistad. Los amigos no se preocupan por saber qué pueden conseguir unos de otros, tan sólo quieren disfrutar los unos de los otros; y la condición de ese disfrute es la serena aceptación de lo que hay y la ausencia de todo deseo de cambio o mejoramiento. Un amigo no es una persona que uno confía se comportará de determinada manera, ni alguien que satisface determinadas necesidades, que tiene unas habilidades útiles, que posee tan sólo determinadas cualidades agradables o que tenga opiniones aceptables. Un amigo es alguien que activa la imaginación, que excita la contemplación, que provoca interés, simpatía, agrado y lealtad simplemente en virtud de la relación compartida. Un amigo no puede reemplazar a otro; existe no poca diferencia entre la muerte del amigo y la jubilación del sastre».

Michael Oakeshott en «La actitud conservadora», página 62-63, ediciones sequitur, Madrid, 2022.

Mi gratitud con Javier Cañada, quien me regaló el libro hace unos días.

 

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